Con los comunistas
Pese a que el modelo en asambleas anidadas está fuertemente basado en el centralismo democrático (delegados de asambleas inferiores van a representar a sus compañeros, hay un Plan General que se vota cada pocos años…) hay ciertas diferencias que pueden hacer que los comunistas no estén del todo a bordo. Para empezar las asambleas anidadas no están bajo el control de ningún partido, por lo que podrían volverse en contra de la planificación descentralizada y a favor de mecanismos de mercado clásicos. Si un sistema tan democrático como éste prefiere esa organización económica, es mejor dársela que forzar otra (incluso si estamos convencidos de que forzar la otra sería lo mejor para todos). Además, las asambleas surgen del ciudadano, no del trabajador. Representan a habitantes de un municipio, no a trabajadores de una cooperativa. Ésta es otra diferencia esencial con las asambleas clásicas comunistas, aunque considero que no debería ser un problema que los jubilados, por ejemplo, participen de la política. Las principales diferencias políticas entre este sistema y la URSS son tres. La primera es que hay más poder político en el municipio que en la nación, tanto por cuestiones ecológicas como para seguir el principio de que las personas más afectadas tengan mayor poder de decisión. La segunda es que no se puede echar a nadie de las asambleas anidadas por no defender las decisiones tomadas por mayoría. En un partido político sí se podría, pues los partidos deben defender una posición única, pero los ciudadanos no. La tercera es que hay una mayor participación política al abrir las asambleas a todo el mundo y además no se persiguen corrientes o plataformas.
En el modelo económico también hay diferencias esenciales, aunque creo que no supondrán un problema para los comunistas. La eliminación del dinero capitalista también era un objetivo para los comunistas clásicos y la planificación descentralizada puede ser vista como una evolución natural de la planificación centralizada. En la planificación centralizada las cooperativas mandaban información a los planificadores y éstos tomaban las decisiones para hacer cooperar a todas las cooperativas. Es muy difícil gestionar cientos de miles de productos, sus precios, los sueldos de los trabajadores, otros incentivos individuales… En la planificación descentralizada todo esto se deja en manos de las cooperativas. Las principales diferencias económicas entre este sistema y la URSS serían tres. En el sistema propuesto no hay objetivos de producción e imposición de precios y salarios. Aquí las cooperativas se autogestionan y la planificación política se hace sólo a través de incentivos e inversiones. Además, sólo hay un pequeño impuesto al trabajo y todo lo demás se obtiene de los alquileres. Todo esto no quiere decir que no se puedan controlar los precios en caso de emergencia o si se considera que, por ausencia de competencia, una cooperativa está aprovechándose de todos. Tampoco significa que no se puedan poner límites a la producción, como los recortes en la extracción de recursos fósiles que ya hemos mencionado. Simplemente estas acciones no serán la norma, sino que sólo afectarán a ciertas cooperativas en momentos puntuales o por situaciones especiales.
Cabe destacar que, en este sistema, para evitar tener que imponer precios y salarios, hemos igualado lo suficiente las condiciones materiales de todos creando una moneda que caduca, un salario máximo y uno mínimo e implementando el Trabajo Garantizado. No solo todo el mundo podrá vivir de su trabajo, es que además de esta forma los precios nunca van a ser disparatados: nadie podría permitirse esos productos o servicios.
Aquí merece una mención el comunalismo de Murray Bookchin. Esta propuesta política, también conocida como municipalismo libertario, es muy semejante a lo propuesto en este texto. Toma grandes secciones del comunismo y ciertos aspectos del anarquismo y espero que cualquiera que se identifique como municipalista libertario valore positivamente este escrito. Es imposible evitar que se compare este sistema con el socialismo soviético, así que esperemos haber aclarado las diferencias lo suficiente.
Con los anarquistas
Como ya he mencionado antes, hay principios anarquistas claramente incluidos en el ecomunismo. La facilidad para cambiar delegados, la ausencia de un partido vigilante de las decisiones de las asambleas o la organización del centro de trabajo en asambleas anidadas son reivindicaciones que hacen los anarquistas. Sin duda, muchos anarquistas encontrarán en la organización con delegados y en la presencia de leyes una concesión que no pueden hacer. Lamentablemente, considero que no se puede salvar esa diferencia, igual que la votación dentro de las asambleas va a poder hacerse a mayoría y no siempre por consenso.
Aquí merece una mención la economía participativa de Michael Albert. Su organización en asambleas de consumidores (para nosotros las asambleas políticas) y productores (las asambleas de las cooperativas) se parece mucho a la propuesta descrita. Sin embargo, su iteración anual cambiando los precios de forma artificial para modificar la demanda de los productos no tiene cabida aquí.
Con los capitalistas
El concepto de propiedad está muy arraigado en el capitalismo. Por esta razón, me cuesta imaginar a capitalistas a favor de la propuesta. La gran concesión de esta al capitalismo es el mantenimiento de la ley de la oferta y la demanda. La planificación descentralizada propuesta, que también se puede entender como un mercado sin lucro, saca lo mejor de los mecanismos automáticos del mercado sin aumentar la desigualdad de forma absurda. Otra crítica al comunismo soviético que se resuelve sin dificultad aquí es la presencia de lujos. No es que en el comunismo del siglo XX no hubiera lujos, es que no se veían con buenos ojos. Necesitamos un sistema capaz de reivindicar el lujo y la distribución igualitaria al mismo tiempo, y en esta propuesta se logra este objetivo.
La economía aquí propuesta es además compatible con la propuesta decrecentista. Esta propuesta está centrada en la disminución de la producción y el consumo en las zonas donde son excesivos y en un reparto igualitario y democrático de la riqueza. Esto se propone para compatibilizar el bienestar humano con la sostenibilidad, un concepto clave en esta propuesta.
Con los temerosos de las consecuencias de un cambio brusco
Hay muchas personas que se identifican como apolíticas. En general consideramos que no tienen interés en la política y que temen que la política cambie las normas del juego cuando por fin se han hecho a ellas. Este es un miedo comprensible, pues efectivamente los cambios pueden traer dificultades inesperadas. Sin embargo, con esa actitud nunca se avanzaría, nunca se alcanzaría un futuro mejor. Si realmente tienes miedo al cambio, lo más probable es que hayas encontrado una posición cómoda en este sistema. No todo el mundo tiene esa suerte, y considero que en el sistema propuesto todo el mundo tendría una posición muy cómoda como para rechazar un cambio de sistema sólo por comodidad.
Al pensar qué es lo mejor para el conjunto, hay quienes se detienen en qué consideran lo mejor para ellos mismos. No es una mala actitud en el mundo en el que vivimos, pero a todos nos importan otras personas, es algo muy humano. Por eso muchas personas se detendrán en qué es lo mejor para ellos mismos y sus seres queridos. Esto está muy bien, no tienen en cuenta a las personas lejanas o a los desconocidos, pero si el círculo de seres queridos es lo suficientemente amplio, esto puede ayudar enormemente a elegir lo mejor para la mayoría. Aun así, lo mejor para saber si un sistema social y económico te parece mejor que otro no es pensar en ti y en tus seres queridos. Todos vivimos en nuestras burbujas sociales. Lo mejor es pensar en qué sistema preferirías nacer si fueras a nacer aleatoriamente en el mundo.
Las condiciones actuales de vida influyen mucho en la visión política. Querer mantener lo bueno para uno mismo, incluso en el caso de privilegios injustificables, es un primer instinto muy extendido. Sin embargo, si tuvieras que nacer aleatoriamente en el mundo, ¿no elegirías un mundo más justo? ¿No preferirías un mundo con mucha menos desigualdad tanto económica como política? ¿No preferirías un mundo donde la sostenibilidad fuera fácilmente alcanzable con un pequeño sacrificio por parte de cada uno de nosotros? Para nosotros nacer en un mundo como el propuesto sería nacer en el mejor de los mundos que somos capaces de imaginar. Esperemos encontrar quien comparta esta visión para convertirla en realidad.
Con la elección de un nombre para el sistema propuesto
Se han barajado varios nombres que intentan evocar las bases del sistema propuesto, pero es difícil elegir uno sin terminar mal asociado por cuestiones históricas o sin acabar siendo demasiado genérico. El primero es asamblearismo, por la importancia de las asambleas anidadas tanto en política como en el centro de trabajo. El segundo añade un apellido al nombre que intenta reflejar la forma de construir el poder de abajo a arriba y la localidad que caracteriza al ecologismo aquí defendido: asamblearismo municipalista. Con este mismo espíritu, intentando reflejar los valores clásicos de la izquierda y su unión con la ecología, también se planteó ecomunismo como opción. Sin embargo, la asociación al pasado soviético puede convertir los debates en clases de historia, y no estamos aquí para hablar del pasado, sino para construir el futuro. Hay otras propuestas posibles: tempismo refleja la importancia de la moneda asociada a la hora de trabajo, del dinero que caduca. Seguro que otros nombres se discutirán en el futuro: pensemos el mundo que queremos y dejemos el bautizo para más adelante.