La cuestión de la toma de decisiones suele ser divisoria, especialmente en el trabajo: estamos acostumbrados a no tener poder de decisión en esta parte tan importante de nuestras vidas. ¿Por qué no dar el poder de decidir de forma indefinida a quien mejor lo gestiona? Aquí surge la figura del jefe, o del dueño de la empresa. En política también surgirían así las figuras de los políticos con gran carisma. Y sin duda mientras tomen buenas decisiones y ganen debates en las asambleas serán elegidos como delegados. Pero no porque sean muy buenos les vamos a dar tanto poder como para no poder sustituirlos rápidamente si no nos gustan sus decisiones. Desde luego no les daremos poderes perpetuos como los que posee el dueño de una empresa o un dictador. Incluso entendiendo que la participación democrática que proponemos va a llevar más tiempo que mantener la jerarquía actual (al fin y al cabo, que uno tome las decisiones por todos puede ser muy rápido), la participación es preferible. Los que más conocimiento tienen del funcionamiento de la empresa son los propios trabajadores, y el uso de ese conocimiento nos debería llevar a una mejor gestión. Incluso en el caso de que el gestor, el jefe o el dueño de la empresa fuera muy buenos tomando decisiones y por tanto la democracia no pudiera mejorarlas, deberíamos defender el método participativo. Porque estamos intentando hacer de los ciudadanos los dueños de todo, porque queremos que entre todos decidamos qué hacer, e incluso si nos equivocamos, es mejor eso que obedecer. Sólo así crearemos una verdadera democracia.